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Sagrados son los niños

Por Sandra Russo

Sagrados son los niños

Por Sandra Russo

Desde la última contratapa, seguí escuchando a Rosalía, como muchos millones de personas en el mundo. En ese cenit de récords, llegaron los halagos y también las críticas, no ya por su imperfecta performance de soprano, sino también por su “poco contundente” apoyo a la causa palestina.

Por mi parte, escribo desde muchos años sobre esa causa, ya que empecé en este diario como redactora de política internacional, y el tema que me asignaron para cubrir diariamente era la Intifada. Me pareció ridículo pretender que Rosalía, cuya música marea de gusto, sea impugnada no porque no está del lado palestino, sino porque no lo hizo público con “contundencia”. A mí me alcanza lo que logro identificar en esas canciones, porque me parece claro el campo semántico que recorre Lux, y coincido bastante con él.

Es curioso lo que hacemos con “los ídolos”. Esas expectativas. Ese ansia de que todo su ser encaje en nuestra vara nació al mismo tiempo que la cultura de masas, que si algo sabe, desde que el hegemon se trasladó de Gran Bretaña a Estados Unidos, es fabricar ídolos consumidos e idolatrados por seguidores. El álbum de Rosalía no es producto de esa industria sino de su cabeza. Se produjo ella.

Cuando escribí la última nota (Apuntes de época a partir de Rosalía) me había conmocionado. Pero todavía no me había caído la ficha. Recién con los días y con una sesión de terapia me apareció la parte de mí que seguía enganchada a algunas canciones, como “Mi cristo llora diamante”, la que canta en italiano.

Cuando tenía doce o trece años, iba todavía todos los eneros a Mar del Plata con mamá y papá. Me aburría insoportablemente. Rituales, reposeras, sanguchitos, generala, restaurantes en los que siempre había cola de media cuadra. Hija única. Harta.

A la tarde decía que me iba a dar una vuelta, apenas salía del departamento me encendía un Particulares sin filtro, y me iba caminando hasta la catedral, que quedaba a doce cuadras. Iba casi todos los días. Me arrodillaba frente a la estatua de alguna santa o santo, y entraba en una especie de trance, de contemplación. No era creyente, pero no me lo cuestionaba en absoluto. Era una necesidad.

A esa edad, en 1970, todos los pibes nos hacíamos preguntas existenciales. Nos preguntábamos por la trascendencia. Ni habíamos leído todavía a Sartre ni sabíamos qué era el existencialismo, pero eso tienen las épocas: están en nosotros aunque no lo sepamos.

En Quilmes, un par de años más tarde, el obispo era Novak y estábamos en dictadura. Yo iba a misa todos los domingos, aunque no era católica ni practicante. Iba como testigo. Lo mío era una inclinación espiritual. En la semana, hacía lo mismo que en Mar del Plata, pero siempre me arrodillaba delante de la misma estatua: la del sagrado corazón.

Al mismo tiempo leía todo lo que encontraba sobre esos santos, grandes amigos de Asís, Francisco, Clara y Bernardo, que fueron mis primeros superhéroes. Los que tiraban los pianos de pared por la ventana, según se imagina Rosalía. Las órdenes mendicantes fueron un deslumbramiento de mi primera juventud. Un ejemplo de radicalidad y sublevación intestina del aparato de la iglesia, y una primera dimensión de lo contrahegemónico. Por eso cuando Bergoglio se autonombró Francisco, lloré al leer lo que dijo Leonardo Boff: “Francisco es más que un nombre. Es un modelo de iglesia”.

A todos esos recuerdos y sus correspondientes emociones y búsquedas de trascendencia me trasladaron las hermosas canciones de Rosalía, que está en la cima de los tops y rankings y esas cosas, a donde ha llevado su idea de lo sagrado. Y más específicamente lo sagrado en las mujeres. Lo sagrado no siempre es religioso. Es cultural, más profundo y ancestral.

Está semana pasamos en la radio el testimonio de una artista ecuatoriana, Nicole León Avilés, exintegrante de la flotilla de la Libertad en Gaza. Precisamente, resumía extraordinariamente cómo nos han deshumanizado quitándonos nuestras conexiones más íntimas con lo sagrado. “El cambio está en ti”, es el latiguillo con el que, dice Nicole, nos han envenenado y nos han expropiado nuestra espiritualidad. Los colonizadores se preguntaban si los indios tenían alma. Si no tenían, podían matarlos. La expropiación de nuestra espiritualidad es parte de la colonización. Lo hicieron en Gaza y en Auschwitz, pero antes lo habían hecho en América y piensan hacerlo otra vez.

Estamos en ese punto. Por eso es importante que junto con todo lo demás nos demos cuenta de que el retorno de lo sagrado en su sentido más amplio es imprescindible para que este mundo de mierda cambie. “No nos falta fe, nos falta justicia social”, decía Nicole. Lo sagrado, hoy, para nosotros, es la vida.

La principal armadora de la flotilla, Greta Thumberg, habló está semana en la Cop30 y sorprendió: otra vez ha ampliado su motivo de lucha y es más global: hay que salvar a los niños. Hay que volver a creer que los niños son sagrados. Que con los niños no se metan. Que no los malogren. Que no los intoxiquen. Que no los abusen. Que no les destruyan ni los cuerpos ni las mentes.

Todo está interconectado, todo hace sincronía y late, y mientras a nuestro alrededor las bestias afilan los colmillos, nosotros seguimos enredados en nuestra propia telaraña. A despertarnos de una vez, que el ánimo popular tambalea. “No falta fe, falta justicia social”.

Fuente: foto (EYAD BABA/AFP)

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