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Solidaridad sin anestesia

Por Javier Nieva

Solidaridad sin anestesia

Por Javier Nieva

El llanto compartido no es metáfora: es grieta, resistencia y llamado a comunidad.

“Cuando lloró, me di cuenta de que su llanto era exactamente igual al mío.”

No era recurso literario ni artificio: era la grieta compartida, la fractura que nos iguala en lo más vulnerable.

El reconocimiento del otro no es un gesto blando ni una concesión paternalista. Es aceptar que la fragilidad nos atraviesa a todos, que el llanto ajeno no es espectáculo sino territorio común.

¿Y qué hacemos con ese llanto que nos iguala? ¿Lo dejamos pasar como ruido de fondo o lo convertimos en acto?

En tiempos donde la indiferencia se normaliza, reconocer que el dolor del otro es también el nuestro se convierte en acto político. La empatía no es consuelo: es resistencia contra la lógica que nos quiere aislados, contra la violencia que nos fragmenta, contra la rutina que nos anestesia.

El llanto no distingue jerarquías ni máscaras. Cuando se abre, desnuda lo que la costumbre intenta ocultar: que todos estamos atravesados por la misma vulnerabilidad. Esa verdad, incómoda y sin velos, nos obliga a dejar de fingir que el dolor es ajeno.

Reconocer la coincidencia del llanto no puede quedarse en gesto contemplativo. Es un llamado a transformar la empatía en acción concreta: abrir espacios de escucha en los barrios, sostener al que cae, acompañar a las madres que cargan solas, organizar ollas populares, resistir juntos la violencia que se instala en las esquinas. La solidaridad se vuelve práctica, no discurso.

Los que lloran en silencio
•     Lloran las madres de los discapacitados, que cargan con la indiferencia de un sistema que nunca responde.
•     Lloran los atrapados por el fentanilo, cuerpos jóvenes que se apagan mientras la ciudad mira hacia otro lado.
•     Lloran los que quedaron sin laburo, con la vergüenza de no poder sostener la mesa ni el techo.
•     Lloran los que se van a dormir sin comer, con el estómago vacío convertido en rutina.
•     Lloran los abuelos que cuentan las monedas en la farmacia, sabiendo que no alcanzan para el remedio.
•     Lloran los vecinos cuando la violencia se instala en la esquina y el miedo se vuelve costumbre.
•     Lloran los cuerpos cansados de resistir, pero también los que todavía creen que la lágrima compartida puede ser semilla de otra forma de vivir juntos.

En Venado Tuerto y en cada barrio del sur santafesino, los llantos se multiplican: por la violencia, por la precariedad, por la ausencia de escucha. Cada lágrima es un llamado a reconstruir comunidad, a no dejar que el silencio se convierta en costumbre.

No lloramos solos. Cada lágrima reconocida como propia nos obliga a dejar de fingir indiferencia.
La solidaridad no es caridad: es la decisión de que el dolor compartido se convierta en fuerza común.
Y entonces la pregunta queda abierta: ¿qué haremos con esa fuerza que nace del llanto?

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