
El desconocido mundo de los jockeys y las millonarias inversiones de la industria del turf
Texto de Jesús Allende // Fotos: Pilar Camacho / Sacrificio, pasión y riesgos
La gatera del Hipódromo de San Isidro entra en ebullición. El cielo está despejado y en la primera carrera del día los jockeys compiten con potrancas que nunca ganaron. En la meta de los 1400 metros de césped que tienen por delante espera un premio de $4,29 millones para el vencedor. Algunas se prepararon en los studs y la pista de entrenamiento del predio, otras llegaron al certamen directamente desde el campo rural. Muchas de las yeguas son debutantes y su inexperiencia en el turf marca el ritmo de la salida. “Un minuto, estamos listos”, se escucha en el handy de Gonzalo, starter y árbitro de la competencia. “¡Correcto, terminado señores!”, vocifera el starter. “Vamos con el 1. No se amontonen. Vamos con el 2”, continúa enumerando mientras se van completando las 14 plazas de la gatera. Una decena de palafreneros con chalecos y cascos de seguridad asisten a los jinetes para que ingresen al buzón asignado. Parecen brigadistas. Se exponen al riesgo de un patadón bestial. Un jockey desmonta. Su yegua cosquillea frenéticamente y amenaza con patear. Una manta de peso en el lomo la tranquiliza al instante. Un jinete de chaquetilla rosa recibe un golpe por el corcoveo constante de su caballo. El palafrenero, que corre a su lado, aferra el cabestrillo y detiene el movimiento del animal. Después los arría hacia el box número 10, el último en cerrarse, y se apresura en abandonar la gatera, un mínimo error de coordinación entre los actores que intervienen en la largada puede derivar en un accidente. Se abren las puertas y ninguna yegua se resiste a la largada. Pese a ser nuevas en la competencia, disparan. La multiplicidad de colores de las escuderías de los jockeys contrasta con la arboleda del predio y el césped de la pista ovalada. En velocidad, los jinetes aprietan sus botas para aferrarse con sus 57 kilos a la media tonelada de músculo de los equinos. Se amontonan, primero, y luego buscan escurrirse entre los espacios para sacar ventaja en la aceleración. Son 400, 800, más de 1000 metros. El tiempo domina todo y define el resultado en la última recta. El premio “Atractiva Girl” fue solo la primera de las 15 carreras que se corrieron en el Hipódromo de San Isidro el 18 de octubre. Con un tiempo de 1 minuto y 20 segundos, la victoria se la llevaron el corredor Brian Rodrigo Enrique y la potranca Doña Enigma. La actividad en el circuito del turf es incesante, se compite todos los días, sea en Palermo, San Isidro, La Plata o el interior de la Argentina. Lo mismo sucede con el entrenamiento de los jockeys y la preparación de los caballos. La rutina obliga a los jockeys a pasar su vida dentro del circuito. Perder es más común que ganar y un selecto grupo de corredores alcanza el éxito. El esfuerzo por controlar su peso supone, en casos extremos, correr en estado de deshidratación. Las lesiones en la actividad son una constante, y se convive con el riesgo. ¿Qué los impulsa a montar? Prestigio y pasión repiten como mantra los protagonistas.
La industria del turf genera un reducido márgen de rentabilidad para los propietarios de caballerizas por los costos de la actividad y la baja convocatoria en las gradas. Es un “hobbie caro” para los inversores que tienen que desembolsar miles de dólares en la compra de un ejemplar y su manutención. Detrás de la historia de cada caballo que entra a un hipódromo hay en promedio diez personas que trabajan: toda una maquinaria de recursos que no frena y que cobra mayor dimensión ante el dato de que en el país hay 420.943 ejemplares de Sangre Pura de Carrera (SPC), de acuerdo registra el Stud Book Argentino. La actividad alimenta a entrenadores, criadores, veterinarios, peones, entre otros actores indispensables en el circuito para que el jockey y el caballo lleguen a la gatera en el día y la hora señalada. Se trata de un mundo desconocido para la mayoría, puesto en primer plano por la película argentina El Jockey, de Luis Ortega, propuesta por el país para competir en los Oscar.
El jockey multicampeón Rodrigo Blanco arranca galopando en la pista de entrenamiento del Hipódromo de San Isidro a las 6.30. El “Loco”, como lo apodan en el turf por su temperamento, hace un año que no compite. A las 9, se prepara para monitorear el trabajo de un galopador con Winning Wind, una yegua de pelaje zaino, castaño oscuro, ganadora de tres carreras en Palermo y La Plata. “El 98% de los jockeys venimos de familias muy humildes del interior y no terminamos la escuela. Conocí el turf por mi tío, que era jockey, y a los 17 años me vine de Córdoba para instalarme en Palermo”, dice Blanco, de 42, mientras observa con sus brazos cruzados sobre la valla a Winning Wind, que arranca con un trote suave en la cuarta de las cinco pistas de entrenamiento. “Es un laburo que si lo hacés por plata lo abandonás, tenés que tener la pasión. Me arrepiento de no haber terminado la secundaria. Cuando dejás de ser jockey, las posibilidades se limitan en general a seguir como peón o entrenador, opciones en las que no te pagan bien. Es una vida sacrificada y me costó mucho empezar a ganar carreras”, cuenta Blanco. Cada jinete arranca como aprendiz y para convertirse en profesional tiene que ganar 120 carreras. “Cuando ya sos profesional te cuesta seguir el ritmo. De 40 que empiezan solo a uno le va bien, al distinto. El mismo día que gané mi carrera número 120 me fueron a buscar para ir a correr a Suecia. Tenía 19 años, en pleno 2001, el país era un desastre y fue una oportunidad de oro”, recuerda Blanco. Después de lograr buenas temporadas en el exterior -también compitió en Alemania y en Dubai-, volvió al país para seguir con la actividad. “El sueño de todo jockey es correr un Carlos Pellegrini y a mi me tocó ganarlo con solo 22 años. Era la primera vez que lo corría, me sentía todavía inexperto y toqué el cielo con las manos. Fue una definición en los últimos 400 metros cabeza a cabeza y gané por medio pescuezo. A los buenos jockeys los hacen los buenos caballos y a mi me tocó Fire Wall, un caballo extraordinario que me enseñó a correr. Fue lo mejor que me pasó en el turf”, afirma.
Apuestas, ganancias y distribución
De las 14.107 carreras que corrió Blanco, ganó 1986. Entre sus galardones más destacados cuenta con dos Pellegrini, dos Gran Premio Nacional de Palermo, dos Jockey Club y es el máximo vencedor del Dardo Rocha de La Plata. Por muy poco no fue el jinete más joven en ganar el Pellegrini, la competencia más reconocida del país en la que corren 22 caballos en una distancia de 2400 metros. El récord lo ostenta la jocketa Marina Lezcano, que lo ganó con 21 años. “Con mi primer Pellegrini me pude comprar un departamento. Con el segundo, en 2004, apenas me pude comprar un auto. Cambió la industria de las carreras”, cuenta. En el turf los premios se nutren de los ingresos de las apuestas y se distribuyen en un 10% del total para el jockey y el entrenador, el 4% para el peón, el 3% para el capataz y el 1% para el sereno, entre otros participantes. El resto es la ganancia del propietario que invirtió en el caballo ganador. A menos de que vaya a correr, Blanco no pisa el hipódromo. “Por cumplir el compromiso de monta me perdí de cumpleaños, la crianza de mis hijos y casamientos. Cuando entrás a este mundo sabés que vas a privarte de todas esas cosas. Para competir, a veces, tenés que sacarte tres kilos en dos horas y en los últimos cinco años no desayunaba ni almorzaba antes de correr, competía deshidratado. Prefiero retirarme antes de que la profesión me retire y recuperar el tiempo con mi familia”, reflexiona.
Winning Wind llega en su máxima velocidad al disco, la meta de los 2000 metros de su entrenamiento. En la pista también entrenan otros jockeys y sus caballos pasan bufando muy cerca de Blanco. "¡Dale, dale, dale!", arenga un entrenador a un jockey rezagado. La falta de reparo en el predio hace que el viento sople con fuerza. En la tercera pista, Juan Carlos Maldotti mira el trabajo de los caballos que entrena. De su remera azul cuelga un cronómetro. “Llevo 54 años como entrenador. Soy de familia del turf y mis dos hijas pudieron ser abogadas gracias a que me pasé la vida acá adentro con los caballos. No hay fines de semana o feriados y no se frena por el clima. Hay que estar sí o sí. Se corre con lluvia, granizo, sequía y barro”, describe. En su apogeo, llegó a entrenar a 120 caballos en simultáneo. Hoy trabaja con 40 y en el pasado preparó caballos de Diego Maradona y de Carlos Menem. Sobre la actualidad del turf, reflexiona: “Estamos mal, pero hay muchos profesionales y propietarios que por suerte mantienen la pasión. Se mueve mucha gente detrás de un caballo, de 8 a 10 personas en promedio por cada uno, entre el jockey, el peón, el entrenador, el capataz, el herrero, el propietario, el mánager, el veterinario, el galopador, el transportista, el criador, el sereno y demás”. Y continúa: “El turf le dio oportunidades a un sector que de otra manera sería marginal, que pudo salir de las villas, muchachos que de otra manera serían ciudadanos de segunda porque no saben hacer otra cosa más que manejar un caballo. La mayoría de los peones logró tener hijos profesionales, médicos, abogados, ingenieros o veterinarios”. A la distancia, en la tercera pista -que tiene superficie de tierra- un jockey pierde el control en una acelerada y cae. Su caballo corre desbocado y un guarda montado logra interceptarlo, evitando que en el frenesí embista a alguien. En el galope estira un brazo, atrapa las riendas del caballo sin jinete y regula su velocidad hasta detenerlo a su par. Sufrir una rodada es uno de los riesgos mayores.
“Algo nos impulsa a seguir con esta locura”
Enrique Pinedo tiene 33 años y, a los 27, decidió dejar de competir por no poder mantener el peso. Hoy se dedica a ser galopador en el exterior y hace dos semanas sufrió un accidente. “Trabajando una yegua en velocidad en 800 metros se asustó con algo, se plantó en seco y salí despedido. Después saltó, me envolvió y me pateó directo en la rodilla. En el acto escuché cómo se rompió”, relata Pinedo, que acaba de ser operado y tiene por delante una rehabilitación de tres meses antes de volver a montar. “Estamos expuestos a accidentes graves todos los días. Accedemos a esas reglas del juego porque en el fondo hay algo que nos impulsa a seguir con esta locura. Cuando empezás a preocuparte por tu bienestar físico es el momento en el que tenés que dejar de correr”, afirma. Pinedo ya se había quebrado la clavícula, sufrió roturas y esguinces, pero aun así se considera un jockey afortunado. Distinta fue la suerte de Héctor Rivero, de 28 años, y Maria Paganelli, de 43, que perdieron la vida. Sobre los motivos que lo llevaron a abandonar la competencia, dice: “Es una profesión que te destruye el cuerpo si no tenés la suerte de ser naturalmente liviano. No son muchos los que pueden comer bien y alcanzar el peso en la balanza”, asegura. Se requiere una disciplina extrema, que no es para cualquiera. “Uno llega a dormir con estufas y frazadas en pleno verano, salís a correr con cuatro camperas, te metés en el sauna cuatro horas a 65 grados, usás bolsas de consorcio en el cuerpo para transpirar más…te resistís a tomar agua y a comer porque detrás hay una estructura enorme que depende de que compitas y tenés que cumplir”, expresa. A pesar del sacrificio, Pinedo sostiene que cuando a los 16 años se subió por primera vez a Evros, un Sangre Pura de Carrera, tuvo una conexión instantánea que le hizo saber que quería dedicarse al turf toda la vida. “Es como manejar un auto de Fórmula 1. Pesamos entre 55 y 60 kilos y vamos arriba de unas bestias de 560 kilos que galopan a 70 km por hora. En la competencia, el jockey aporta el 30% y el caballo, el 70%. Lo que podamos influir desde arriba es relativo, tratamos de conducirlo de la mejor manera posible, pero es el caballo el que hace todo el esfuerzo. Los jockeys somos una suerte de guía”, cierra Pinedo.
Un caballo de carrera compite entre los 2 y los 6 años. Sus primeras distancias son de 800 metros. Después aumentan a 1000, a 1400 y terminan corriendo 2400 metros. Cuando completan su ciclo, la mayoría de las yeguas se destinan a reproducción y los machos que se destacan se convierten en padrillos. Otros terminan en el polo o en salto. El turf prohíbe que en la cría de los Sangre Pura de Carrera haya procedimientos de inseminación artificial, clonación o transferencia embrionaria. Todo el proceso es natural, lo que limita la cantidad de caballos disponibles teniendo en cuenta que el periodo de gestación de una yegua es de 11 meses.
Inversiones difíciles de recuperar
Desparramadas por el hipódromo hay caballerizas de diferentes firmas, como El Paraíso, Abolengo, Firmamento, San Benito -propietarios de la potranca Doña Enigma-, La Nora, Gran Muñeca y El Basti, entre las más reconocidas, donde los peones hacen el trabajo fino. Al entrenador le informan diariamente la cantidad de ración de avena, pasto y agua que ingirieron los caballos para que defina el cronograma de entrenamiento que va a realizar en la jornada. En la caballeriza de Firmamento, de la familia Bagó, un grupo de peones se distiende con un asado a la chapa para celebrar la victoria de Tiznow Forever, un alazán que se consagró la semana anterior. La firma cría alrededor de 180 caballos por año y en el stud tiene 25 en condiciones de competir. “Un caballo pierde más de lo que gana. De cada cinco carreras, con fortuna, gana una. La mayoría de los inversores pierden plata, pero los que están en la industria no buscan un negocio sino la satisfacción de ir a verlo correr”, dice Ezequiel Valle, manager de Firmamento. La pensión mensual de cada equino oscila entre los 500 y 700 mil pesos. “Un caballo que corre por un premio de 3 millones de pesos no alcanza a cubrir los gastos. Tiene que ganar al menos 3 carreras al año para mantenerse, y es prácticamente imposible que suceda”, agrega el manager. El valor de un SPC de 2 años, antes de debutar, es de entre 10 y 60 mil dólares. “Nunca vas a recuperar la inversión inicial porque no se compite por esa plata en premios. Los que se pueden exportar son un margen muy chico y nunca vas a tener un rédito económico que te permita cubrir el desembolso mensual. Es un hobbie caro”, comenta Valle. Para competir, cada SPC debe tener registrada su afiliación por microchip, que asegura su identidad, y todos los que entran en los primeros puestos son sometidos a un control antidoping mediante orina o sangre. “Le hacemos una revisión clínica cada vez que trabajan fuerte, generalmente 15 días antes de correr y dos días antes también para ver si necesitan ayuda con algo, como una infiltración”, explica Ernesto Leveratto, veterinario de Firmamento. “Son animales con un aparato respiratorio muy débil. Les hacemos constantes endoscopías respiratorias para prevenir problemas. Al día siguiente de la carrera se le hace un revisión más rigurosa para ver su estado. El control antidoping es muy severo, por lo que toda la medicina que se le hace es preventiva porque no pueden correr con ningún tipo de medicación en el cuerpo”, apunta. Al lado de la pista de entrenamiento, hay una pileta con una profundidad que alcanza la altura de las rodillas de los caballos. Allí los llevan a caminar después de trabajar con un fin terapéutico, para tratar lesiones musculares o de tendones. En el fondo del Hipódromo de San Isidro hay otra de una profundidad de tres metros que se utiliza para que naden y mejoren el estado físico. Arriados por los peones, algunos caballos hacen un trabajo diferenciado en el agua. Tres pasadas en los piletones equivalen a correr dos vueltas de 2000 metros en la pista.
Hacia el mediodía, todo el movimiento se concentra alrededor de la pista principal. Falta una hora para la primera de las carreras. Muchos de los jockeys llegan desde la Asociación Gremial de Profesionales del Turf, que está a dos cuadras del Hipódromo de San Isidro. Allí funciona una escuela de aprendices, con 45 jockeys en formación actualmente. Hay un aula con un caballo mecánico a escala real con tres velocidades para pulir la técnica, sauna seco y a vapor y un gimnasio. Los peones ensillan a los caballos fuera de pista y los hacen desfilar por la ronda mientras los jockeys se preparan en los vestuarios. Antes tienen que someterse a un triple pesaje: con montura, solos -el peso neto- y con chaleco. Un equipo médico les controla los signos vitales y les hacen estudios de alcoholemia y de doping por saliva. Los profesionales pueden declarar que un jockey no está en condiciones y darle la baja antes de la carrera. Después de correr tienen que volver a pesarse. En la previa se suben a la balanza el brasilero Francisco Fernandes Goncalves, Agustina Belén Valdez y Aníbal Cabrera, que va a correr con tres caballos debutantes a lo largo de la jornada. Quedan minutos para la carrera. Pasados los controles, se dirigen a la sala donde sus chaquetillas cuelgan planchadas y limpias. Salen del vestuario con sus pantalones ajustados, botas, el casco, la fusta y los colores del stud que representan. Suben por una escalinata de madera que asciende a la pista donde los esperan sus caballos. En la cabina de apuestas se juegan los últimos pronósticos y la mayor concurrencia en las gradas es de los burreros con sus revistas. Una vez montados van por el césped hacia las gateras.
Al terminar la primera carrera, Cabrera, de 42 años, se relaja junto con otros jockeys en la cafetería. Está transpirado y le queda por delante correr en la sexta y séptima de las competiciones de la jornada. “Hace 24 años que soy jockey y correr ya es algo rutinario”, dice mientras apoya sobre la mesa ratona sus botas desgastadas por las “guerras”, como define a las competencias. Cabrera lleva 16.551 carreras oficiales de las que ganó 1600. La que recuerda con más afecto es la primera que ganó en San Isidro, con Soy Monigote, un caballo de su padre. “Competí en la primera con Happy Rate, una potranca debutante que no corrió mucho. Los otros dos caballos que corro hoy también vienen directamente de un campo y es todo nuevo para ellos”, cuenta. Recientemente, participó como doble de riesgo de Nahuel Pérez Biscayart en la película El Jockey, en todas las escenas de cabalgata del personaje Remo Manfredini. La otra protagonista del film es la española Úrsula Corberó. La trama ocurre alrededor de la vida de una pareja de jockeys y un episodio disruptivo que da lugar a una historia cargada de surrealismo. “Ser jockey más que una profesión es una pasión. Me encantan los caballos y vengo de una familia del turf, mi papá era jockey. Lo más difícil es mantenerse vigente”, expresa Cabrera. Y agrega: “Es complicado llevar la vida familiar porque estamos siempre fuera de casa. Es una rutina de todos los días, no hay descanso”. Las carreras se suceden con un intervalo de media hora. Quince competencias donde la gatera arde. Pasa la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta y ya es hora de que Cabrera vuelva a ascender por la escalinata de madera junto con los jockeys para otra carrera.
Fuente: LA NACIÓN